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Liliana Parodi, desde Villa Saboya a América TV

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Liliana, gerente de programación del canal de televisión América vivió algunos años de su infancia en la vecina localidad de Saboya y lo cuenta en su libro.

 

Te compartimos la publicación de infobae.com:

Adelanto exclusivo de la reveladora autobiografía de Liliana Parodi, gerenta de programación de América: una niñez dura, la búsqueda desesperada de su padre y el éxito.

La reconocida productora del canal América presentó «En vivo. Autobiografía de una mujer de la televisión». En esta nota, el adelanto de los mejores fragmentos de dos capítulos imperdibles que descubren parte de su historia de vida y coraje.

Para Liliana Parodi el detrás de cámara es su lugar en el mundo. Originalmente le brindó protección y ella lo convirtió en un espacio confortable y luminoso. Lo supo convertir en virtud. Pasaron 30 años de trabajo y de una carrera profesional constante, metódica y dedicada en la televisión argentina, con el frenesí vertiginoso y propio de los medios de comunicación. Y que a primera vista tanto la separan de aquella niñita sensible y brillante que creció y se formó en una casita del pueblo de Villa Saboya, cerca de General Villegas, uno de los tantos en la Provincia de Buenos Aires,  y a la que le costó «sacar la cabeza del montón».

Pero a fuerza de golpes familiares, de una paciencia que ni ella misma sabía que disponía como atributo, de un gran poder de superación y de una actitud incansable ante la vida, la «peque» Lili  llegó a ser «la Parodi», una mujer talentosa y decisiva en la televisión a la que todos respetan.

Justamente allí reside el gran aporte de este libro: no hubo transformación alguna, se trata de la misma Liliana. Esa niña tierna y vulnerable, hoy cobijada por los años y la experiencia, es la misma mujer talentosa, en el podio de las hacedoras de la TV argentina.

En vivo. Autobiografía de una mujer de la televisión (Editorial Planeta) es la flamante autobiografía que acaba de editar Liliana Parodi, y no podía llamarse de otra manera. Y confirma que ella es una mujer absolutamente inspiradora por donde se la mire. Creadora de programas, equipos e ideas a lo grande, es decir: sin que se note «el hilván de autor».

Parodi después de 30 años de trabajo en el Grupo América dedicó el libro a quienes la acompañaron en este largo camino: a su madre, a sus hermanos, a sus sobrinos (de los que habla con un amor incondicional como si fueran sus hijos); a Ulises, su gran amor. A Eduardo Eurnekian, Daniel Vila y Eliseo Álvarez. Reivindica en cada página el rol del productor, como un ideólogo/a fundamental de cualquier producto televisivo y reconoce haber sido una gran formadora de talentos de varias generaciones en la escena local.

El prólogo del libro lo escribió Eduardo Eurnekian, accionista principal de Corporación América y su admirado empleador : » (Liliana) es de otra época. Ella es «La Parodi», así se la conoce en el mundo televisivo y ha llevado ese nombre con mucha honra, altura y dignidad. La Parodi es un hito, una forma de hacer, un modo y, desde hace años, una estética. La Parodi tiene don de mando, da una orden y todos corren; La Parodi levanta la voz y todos escuchan. Ella piensa en modo televisivo y no existe acto de su vida que no pase por su «modo mental» de productora». (…)

CAPITULO  – YO LILIANA 

Imaginé que sería sencillo contar mi vida. Tal vez porque la gente me percibe como una mujer que no le teme a nada, una mujer arrasadora, avasallante. Pero, puesta a hablar acerca de mí, confieso que tengo algunos miedos. Por ejemplo, tengo miedo de las tormentas. También tengo miedo de llegar a la vejez y carecer de los recursos económicos para sobrevivir del modo que a mí me gusta vivir. Le temo a la difamación, aunque no sé si es exactamente miedo, pero me enfurece, por ejemplo, que inventen que robo.  (…)

(…) Le tengo más miedo al dolor que a la muerte. He tenido un par de amigos jóvenes que tuvieron que atravesar el proceso del cáncer y eso me afectó. Mi abuela también murió de cáncer. Por entonces, tenía 7 años y mi abuela, junto con mi mamá, eran las personas más importantes de mi vida. (…)  Recordar la muerte de mi abuela me conecta con mi infancia y con la sensación, que todavía conservo, de cómo lo supe.

Mamá se había casado con Parodi y nos habíamos ido a vivir a un pueblo de la provincia de Buenos Aires, cerca de General Villegas, que se llama Villa Saboya. La familia de Parodi vivía en la última casa del pueblo. (…)

(…) tenía siete años y era la que hacía los mandados. «Lili, andá a buscar la galleta (de campo) a la panadería. Y pasá por el almacén para ver si llegó algún mensaje».  Yo buscaba la galleta de campo en la panadería, y lo del mensaje me lo decían para que averiguara si había llegado algún recado desde Villegas; en ese caso, en el almacén me daban un papelito con el mensaje escrito para que lo llevara a mi casa.

Así que, ese día, abrí el papelito y, como ya sabía leer y escribir, pude leer: «Murió la abuela». Con mis siete años, crucé el pueblo en silencio, con la noticia fresca en el pecho: la abuela Nati había muerto. Ese día llegué a casa con el papelito, se lo di a mamá y ella se puso a llorar. El asunto era que, además, había que conseguir dinero para viajar los 80 km que separaban un pueblo del otro. En aquel momento, eso era una dificultad, que se agregaba al dolor de la muerte. (…)

(…) Siempre sufrí los abandonos, y no importa a qué ámbito de mi vida pertenecieran: un abandono siempre es eso, un abandono, una clase de desgarro que deja huella en la vida, y del que volvés, claro que volvés, pero nunca igual a la que eras antes. Incluso hoy sé que, a pesar de mi fortaleza, nunca voy a estar lo suficientemente preparada para ninguna clase de abandono. (…)

(…) Llevo más de treinta años de análisis con Marta Williams, mi doctora. En 1988, cuando empecé, sentía pánico. Pánico no solo por lo que me pasaba, sino por lo que yo veía que pasaba a mi alrededor. Mi hermana estaba embarazada nuevamente.  (…) Cada embarazo de mi hermana era un motivo de preocupación para mí. En total tuvo ocho hijos que hoy ya son grandes y tienen sus propios hijos. (…)

(…) Mis tres hermanos Claudia, Daniel y Cristina y mi mamá fueron el motivo, el motor, el sentido por el que yo decidía vivir, hacer e intentar superarme todo el tiempo. Mamá y ellos tres eran todo mi mundo y no había nada más importante que ellos para mí. Yo asumí una figura paterna sobre ellos. No sé muy bien cómo se desarrolló o por qué fue así, pero de alguna manera yo cubrí la vacante de una ausencia en mi familia y se ve que me calzó bien porque me encantó ese lugar. Un lugar que hoy asumo en mi trabajo, con mis amigos, en todos lados. (…)

(…) a los doce, cuando empecé a entrar en la adolescencia, me enojé con todos y con todo. Estaba enojada con mi madre y hasta se lo contaba a mis amigas.  (…) Creo que, en el fondo, sentía un enojo bravo con mi familia. Hoy me doy cuenta de que no era la simple necesidad de confrontar, sino mi deseo de decirles que terminaran de hacerme creer lo que no era. (…) Crecí escuchando que era la hija de un padre que no era mi padre, llevaba un apellido que en realidad debería haber sido otro.  (…)

(…) La mentira me enoja, ¡es horrible! Y me enoja lo que sigue a la mentira, que es el cuidado de las apariencias para poder sostenerla en el tiempo.
Cuando se crea esa dinámica, todos saben, pero nadie lo dice. Y esto es muy frecuente en la vida de un pueblo. Es bravo crecer en un pueblo.

Mamá me tuvo a mí poco después de cumplir los diecinueve años. Fue madre soltera en un pueblo, lo cual, en ese tiempo, ya era bastante desgraciado y repudiado. (…) Ella quiso que yo tuviera una familia y un nombre y se casó con el hombre que consideró nos daría esa familia. En parte lo logró porque tuvo tres hijos más y fuimos siempre una familia a pesar de que a los nueve años de casada y habiendo soportado tremendas situaciones de violencia de género decidió seguir sola al frente del grupo familiar. (…)

(…) Yo trabajo de impaciente, pero tengo una paciencia enorme e infinita. En apariencia, mi imagen y mi manera de comportarme dan la sensación de vértigo, de que quiero todo rápido y ahora. Y en contrapartida soy la misma que tuvo la paciencia de esperar 29 años para conocer a su padre. (…)

Pensaba que no era importante conocerlo. Si yo había podido crecer y vivir así, si la vida se me había planteado de esa manera, tenía que seguir adelante. (…) Al menos, no lo era conscientemente. Pero, a los 29 años, sin dar explicaciones ni avisar, lo busqué. (…)

(…) en ese momento, también me había tocado trabajar en casas de familia para ayudar a mi madre a sostener la economía familiar ya que mis hermanos eran muy pequeños cuando nos quedamos los cinco solos. (…) En mi casa era un secreto a voces que Parodi no era mi papá. Si bien llevo su apellido y fui reconocida legalmente por él, sabía que no era su hija biológica. Nunca, jamás, lo había preguntado, pero lo sabía. (…)

(…) A mis 17, cuando mi madre se separó de Parodi, pudimos hablar con ella del tema. Mamá me preguntó si me acordaba de ese señor que visitaba la casa de la abuela, de ese que era amigo de la familia: «Bueno,ese es tu papá». Me acordaba de él. (…) Aunque era chiquita, tendría unos cuatro o cinco años, yo sabía de quién me estaba hablando y también recuerdo la pequeñísima pulsera de oro que me regaló en una Navidad. (…)

(…) Cuatro años después de aquella conversación, con más de veinte años, viajé a Villegas. Visité a mi padrino y a su familia para saber si conocían al «Ruso» . Hasta que un señor que viajaba a Venado Tuerto a menudo, y que era amigo de mi padre, me dio un dato concreto: me entregó un papelito de tienda donde estaba escrita la dirección de su casa (en Venado Tuerto). Guardé el papelito, lo doblé chiquitito y lo puse en un viejo portadocumentos. (…) La vida continuaba, mi trabajo, mamá y mis hermanos. Me fui a vivir sola y atravesé los que, creo hoy, fueron los años más difíciles de mi vida. Un buen día, cuando tenía 29 años, busqué el papelito que había guardado (…)

(…) Escribí una carta para mi padre y la envié a esa dirección. En ella le contaba quién era yo, le decía que quería conocerlo y que no quería irrumpir imprevistamente en su vida. Me imaginaba que él tenía una familia y que quizá le resultaría extraño o difícil recibirme justo en ese momento.

Pero me resultaba necesario e importante saber cómo era mi otra mitad. (…) Le dejé mi número de teléfono y la envié a esa vieja dirección. Una semana más tarde, recibí una llamada del señor amigo de mi padre, el mismo que me había entregado el papelito. Me contó que él estaba enfermo, que había estado internado y que ahora estaba viviendo en la casa de su suegra. Y me sugirió que llamara por teléfono el domingo siguiente (…)

(…) Cumplí con lo acordado y llamé. No podía decirle «papá», ni ninguna palabra por el estilo. Le pregunté qué le pasaba, porque me habían contado que estaba enfermo (…). Me contó que tenía que viajar a Buenos Aires para ver al Dr. Matera, que había estado internado, y que ahora estaba con internación domiciliaria. Que recibió mi carta y que se interesó por saber de mí. Yo quise saber cuántos hijos tenía. Así supe que había seis o siete hermanas, un hermano varón, pero de tres madres distintas. Él no hablaba bien porque tenía algo en la garganta. Pero alcanzó a preguntarme por mamá. (…)

(…)También hablamos de su familia, y quedamos en que nos encontraríamos. Aquella fue una conversación entre dos personas que querían saber una de la otra. Esa fue la única vez que hablamos. (…)

(…) Conversé del tema con mi psicóloga. Ella me ayudó a pensar. ¿Cómo había imaginado yo un encuentro con un padre al que no conocía? ¿Cómo sería ver a esta persona que ahora tenía su salud deteriorada? ¿Creía que me encontraría con un padre de película o de ensueños? (…)

(…) A los pocos días me llamó por teléfono Rafaela, una de sus hijas o sea una de mis hermanas. No sabía con quién estaba hablando. «Quiero que sepas que nosotros sabíamos que vos existías porque mi papá nos contó
siempre que tenía una hija en Villegas». ¡Yo existía! Sin saberlo, había existido para ellos durante todos esos años. (…)

(…) Pasaron veinte días entre la carta y mi decisión de viajar. Supe por su amigo y por Rafaela que él había empeorado desde mi llamada y que estaba nuevamente internado. Di las explicaciones de la situación en América y le pedí a mi amiga María Elena que me acompañara a Venado Tuerto con la condición de no hacer preguntas, ni contar nada. (…)

El 6 de agosto de 1989, María Elena y yo subimos al micro que nos llevaría hasta Venado Tuerto. En la estación nos esperaba Rafaela, con quien nunca nos habíamos visto. (…) Primero fuimos a tomar un café con leche y, luego, nos indicó en qué hotel alojarnos. Durante la conversación, nos contó la historia de su papá y, por sus palabras, había sido un tipo bravo.

(…mi padre biológico ) había tenido hijos con cuatro mujeres distintas por lo menos, entre las que se encontraba mi madre. Durante la tarde de ese mismo día, y después de descansar en el hotel, nos preparamos con María Elena y fuimos al hospital de Venado Tuerto. Como todo hospital de pueblo, entramos a una sala con cuatro camas con enfermos terminales, entre los que se encontraba él. Sabía que yo iría a verlo y, con las pocas fuerzas que le quedaban, se había ocupado de contárselo a todos y a cada uno de los que pasaban cerca.

Me senté al lado de su cama y él me iba presentando a cada persona que entraba, inclusive a sus hijos. «Ella es Liliana, mi hija ». Ya casi no podía hablar, la enfermedad que padecía lo había vencido: era cáncer de garganta. Otra vez la palabra cáncer se presentaba en mi vida.  No recuerdo haberlo llamado «papá». Yo no sé cómo es o qué se siente pronunciar esa palabra.

(…) Antes de marcharnos, él dijo una frase que siempre repito y que recuerdo con claridad: «Ahora que te vi, ya me puedo morir». Murió cuando yo no estaba ahí (…)

(…) entendí en contra de mi creencia que era muy importante conocer nuestros orígenes y encontrarme reconstruyendo la historia de cada uno de mis hermanos biológicos. Todos habían tenido una relación muy difícil con él. (…) Parece que mi padre prefería tener hijos varones, pero de los ocho biológicos más una adoptada solo uno es varón, las demás somos mujeres y todas parecidas físicamente. Sobre todo me impresionó una de ellas, Gisella; cuando fui hasta su casa para comunicarles que él había muerto, su madre no podía creer nuestro parecido físico. Se ve que los genes del yugoslavo eran fuertes. También fueron fuertes las historias que mis hermanos contaban. Había sido una persona muy difícil y ellos que vivían todos en la misma ciudad compitieron y sufrieron por su falta de atención y cariño. (…)

(…) A Parodi le tuve que decir papá. Sin embargo, durante mi adolescencia, lo único que yo quería decirle a la gente era: «Ese señor no es mi papá». No creo que Parodi tenga la culpa de la pérdida de valor de la palabra «papá», era a mí a quien no le funcionaba aunque el tiempo me demostró que esa adopción decidida por mi madre y Parodi cuando se casaron hizo de mí una marca registrada, hoy soy Liliana Parodi gracias a esa generosa decisión.

(…) Conocí a mis nuevos hermanos cuando tenía 29 años y hoy mantengo con ellos una linda relación. Pude hacerlo desde mi lugar de adulta que eligió (como ellos también lo hicieron) tener una relación y quererlos, a ellos y a sus hijos, y descubrir juntos las cosas que tenemos en común (…)

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